domingo, 13 de abril de 2008

Llegada a Bombay. 27 de Julio 1995

Hoy, al cabo de cuatro días de viajar hacia el sur de la India, empezaré mi diario de viaje.
La llegada a Bombay el sábado pasado (en realidad domingo por la mañana) puso en alerta todos mis sentidos.
Empezando por el tacto. Sentí el bochorno del clima, en pleno monzón, la lluvia densa e insitente, y un calor aplastante. Poco sol. Una masa de gente haciendo cola en todas partes, justo en las puertas del aeropuerto y unas cuantas filas de taxis por los que nos tuvimos casi que pelear, también haciendo cola.

Un taxi, desde el aeropuerto de Santa Cruz hacia la ciudad de Bombay, nos llevó atravesando una de las zonas más pobres de la India entera. La guía de Lonely Planet la describe incluso como una de las más pobres del mundo.

Hay que verlo. Eso no se puede explicar. Casi no tengo palabras.

La gente vive dentro de chabolas construidas con plásticos o con lo que sea... Debajo de barcas aprovechadas, puentes. En cada semáforo la gente se para a mirarnos y "los intocables" se acercan a menudo hasta nosotros para pedir con la mirada y la mano, una rupia. Y sobre todo, niños.

Niños descalzos y hombres y mujeres descalzos, sentados encima de basuras, encima del barro, en cualquier parte, medio desnudos. Cuerpos delgadísimos y sucios.
No creo poder volver a ver en mi vida más pobreza que la que veo aquí.

Pero Bombay está lleno de contrastes. Grandes edificios y chabolas. Algún "Mercedes" en medio de la marabunta de "rickshaws".
Llama mi atención el estado de los grandes edificios. Parecen casi imágenes de guerra. Muchísimos a medio consturir e increíblemente sucios o manchados por la tremenda humedad. Esto último hace que nazcan plantas (algunas enormes) en las paredes.

Dimos un pequeño paseo por el Marine Road (paseo marítimo) y allí nos tuvimos que refugiar bajo un andamio, de la primera lluvia importante.

Los cuervos chillan desde cualquier lado. Se posan en todas partes.
A la mañana siguiente, en las mimsas puertas de nuestro hotel, dos cadáveres envueltos en plástico yacían sobre la acera.

Nuestro hotel se hallaba a unos metros del monumento Puerta de la India. Simbólicamente nos recibió y nos dejó pasar a través de ella para descubrir todo lo demás.

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